La Daga y el Necromante

 La horda era liderada por su mejor creación hasta el momento: un aglomerado de almas creado desde el más profundo enojo, dirigiendo el cuerpo de un centauro gigante. Híbrido de esqueleto de persona y la configuración de un escorpión, pero conformado de otros cuerpos semi independientes.

Este era el fragmento de su alma menos interesante: una convicción de compasión ahogada por siglos de justificaciones. Otro Panti Qhapaq que casi podía recordar hubiera llorado horrorizado al ver esa parte de sí penetrar en un fuerte enemigo, pero para el actual Panti Qhapaq todo resultaba casi cómico, casi irónico.


El camino había sido largo, pero al fin había amasado el poder y la influencia para pararse frente al fuerte que en algún momento le había sido tan familiar. Finalmente 200 almas. Parecía poco al contarlas, pero con todo lo que había tenido que hacer para reunirlas y asegurarse sobrevivir hasta entonces se habían multiplicado varias veces. Lo que había sido una herramienta para otro objetivo ahora olvidado se había ido volviendo un motivo. Ahora quedaba solo su apoteosis.

Los esclavos no muertos trajeron al último Qhapaq de su linaje, alguien cuyos rasgos se le parecían y le hacían pensar en un Panti mucho más joven. No más que un niño. 

El señor de los muertos alzó su daga ritual en ambas manos, bien afirmado en el suelo, y la hundió profundamente en el pecho de su pariente. Saboreó la vida como si el bronce del instrumento fuera una lengua más y luego del momento estático quitó la corona de la sien del joven. Ahora él era el único Qhapaq de Nomarcancha.


165 era un número bajo para las más de 700 personas en el castillo de Nomarcancha. Sus tíos y primos comprendían que una mutua destrucción asegurada no hacía bien a nadie, y se lo recordaban nada sutilmente cada década cuando se juntaban.

Podía ver cómo vibraban de emoción siempre que veían al tío Panti con sus finas ropas y tres cuartos del camino hacia la inmortalidad. Esta vez para la celebración de esta década, el actual Qhapaq, llamado Aruma, le había pedido que no asistiera. Según el mensajero, su hijo acababa de nacer y el viejo necromante "no era un augurio apropiado luego de un nacimiento".

En respuesta, Panti no solo no envió un mensaje de vuelta, sino que además dejó de sanar a la gente Nomarcancha. De hecho, todo lo que sabía de sanación lo cortó para crear un asistente especial: esta vez creaba un general.


Probablemente había salvado muchas más, pero de seguro seguro había salvado unas 2000 vidas con sus habilidades. Las que lo torturaban, sin embargo, eran las 90 almas que había recolectado desde que había empezado su camino. Su familia había dejado de emplear no muertos en los campos, en los talleres, suponía que por miedo a que los usara con el terrible poder que ahora poseía. El camino era arduo pero como inmortal podía aprender a sanar miles más o entrar donde otros no eran capaces. Si seguía así, sin embargo, fallecería antes. 

Aún era joven, pero encontrar voluntarios para que le entregaran su alma era difícil y tomaba mucho tiempo hasta el fin natural de sus vidas. Por eso había comprado este esclavo. Se había asegurado que fuera el más perverso monstruo, adicto a la violencia y sentenciado a los remos de un barco que no se esperaba que sobreviviera. Este también era un acto de compasión para Panti... Pero igualmente era la primer vida que iba a robar.


El día que cumplió la mayoría de edad, el padre de Panti le regaló un mayordomo. 20 almas dedicadas a los dioses latían en cada una de las uñas del sirviente: un regalo increíble para el hijo del Qhapaq de Nomarcancha. Las prótesis doradas sobre los dedos de la criatura habían costado muchísimo, pero el padre Panti sabía que su hijo quería iniciar su camino hacia la inmortalidad, y eso era algo que no se había logrado desde las hazañas del patriarca de su Ayllu.

Cuando Panti decidió comunicarle a su padre que no heredaría la corona de Qhapaq, discutieron. Se llamaron inútil pusilánime y tirano marchito. Panti dedicó de ahí en más su vida a sanar a otros, y el día que su padre yacía en el lecho, Panti llegó tarde, sin su equipo, y lo dejó irse.

Sin usar la daga podía comer ese alma y aún así no lo hizo. Su ojo interno podía ver el rostro de los 21 que tenía dentro de su poder, y no se dio cuenta que mientras lo hacía, se perdía las últimas palabras de su padre. Ojos ausentes se cruzaron con otros llenos de amor y arrepentimiento, y aunque Panti no lo vió, su familia sí. Algo cambió desde ese día, algo que la sangre no podía reparar.


Nueve días y nueve noches un desconocido le rogó a Panti que lo mate. Lo había secuestrado para eso únicamente; decía que el tormento era tan terrible que si no destruía su alma inmortal volvería a reencarnarse igual de atormentado. Panti finalmente cedió, obligado por la falta de sueño y la desesperación, y cobró la primera alma de muchas, en un ritual que conocía solo de reputación. 

Para cuando volvió a su hogar en Nomarcancha todos estaban histéricos buscándolo. Todo niño era precioso, y con 11 años los adultos no se perdonaban haberlo descuidado 


El infeliz que había atendido la llamada no le servía. Quería el destino del niño: descendiente del inmortal que había atado su alma a esta daga, heredero de un castillo orgulloso y un sanador nato... qué deliciosa ironía usarlo a él! Qué venganza más exquisita! Lo mejor todavía era que el muchacho sería suprimido, amputado de parte de su alma, entregado a las decisiones de un amo que nunca conocería.

Si su destino era ser el Qhapaq de Nomarcancha, ¿cómo podría negarle al destino su premio?

Mariano Romero

Nota: 
Qhapaq = Rey, señor
NomarCancha = Del Quechua, valle de Nomar. Un lugar cualquiera.
Ayllu = En la cultura del imperio Inca, algo así como un clan o una familia extendida, parte linaje, parte gremio, parte vecinal, parte su propia cosa 
http://www.scielo.org.pe/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0254-92122020000200161

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