Hasta Papa no Paramos
29/04/2025
Consigna: una anécdota de la infancia o adolescencia graciosa.
¡Hasta Papa no paramos!
Cierro los ojos y mi mente vuela a mis vacaciones de verano en la playa.
Mamá comenzaba a preparar todo lo necesario para diez días, es decir, la comida ya cocinada que se podía pasar por la aduana.
Ah, sí, olvidaba que a nosotros nos quedaba más cerca las playas chilenas. Cada año la rutina comenzaba armando paquetes con café, leche, té, galletas, y otros paquetes con carne ya cocinada, las famosas milanesas, y mil latas de todo tipo. Era la forma de ahorrar pues éramos cinco.
Preparábamos la ropa. Lo mínimo indispensable. Llegaba el gran día.
En seis horas, si todo andaba bien, estábamos en Viña del mar. Nuestro lugar en el mundo de las vacaciones.
Papá y mamá no se preocupaban por el alojamiento. En aquellos años, llegando al país vecino, bastaba con que vieran una chapa argentina, para que improvisados agentes de supuestos buenos alquileres, o más bien, ‘arriendos’, como usan decir allí, saltaran prácticamente encima de los coches.
Esta vez ya nos estábamos alejando de Reñaca rumbo a Con Con, cuando un señor, un caballero, para usar la jerga del lugar, se acerca a estos cinco cansados viajeros y nos hace su oferta.
• ¡Síganme, y los llevo a un lugar de ensueño!
A mamá le brillaron los ojos. Papá lo miró. Era de mediana edad, la piel tostada por el sol y su medio de locomoción, una bicicleta.
• ¡Vamos viejo, hay que seguirlo! Papá dudó, pero ante la insistencia de mamá, accedió.
Comenzó la aventura, es lo que pensamos nosotros. Esto estará por aquí no más. En bicicleta no iremos muy lejos.
Seguimos por unos km mirando el mar, y las playas, cuando de repente el caballero gira y nos internamos entre dunas y cerros. Esto no se acababa más. Parecíamos una película cómica. Una familia detrás de una bicicleta a las siete de una tarde preciosa con veinticinco grados. Pero cuando menos lo esperábamos giró nuevamente hacia el mar.
No sé cuánto anduvimos en esta carrera, pero sí que habíamos llegado a una playa desconocida. Y a unos cuántos metros una casita, pequeña, de madera. Pero nada más.
• ¡O esta o esta!, dice mi madre mirando la soledad del espacio.
Nos detuvimos, bajamos, dimos una vuelta por la casita. Papá y mamá hablaron entre ellos. Nosotros, ya estábamos deseosos de ir a inspeccionar los alrededores. Arreglaron con el caballero, que para ese momento sabíamos que se llamaba Toribio y vivía con esposa e hijos en Quintero, y se ganaba la vida en el verano ofreciendo casas o departamentos por cuenta de otros. Cuestión que en media hora arreglaron el arriendo, las llaves, y las indicaciones sobre la casa.
Bajamos nuestras cosas, las acomodamos a la buena. Agotados como estábamos comimos y nos fuimos a dormir.
Al otro día, no antes de las once de la mañana, nosotros ya estábamos listos para ir a la playa. Mamá y papá ya habían desayunado y estaban sentados conversando en la cocina.
Bajamos a la playa. Era una inmensidad para nosotros solos. Si queríamos descansar y no ver gente, era el lugar apropiado.
Corrimos al agua, que por cierto estaba bastante fría, ya sabíamos que teníamos que acostumbrarnos, pero en menos de media hora, ya ni nos acordábamos. Éramos incansables. Encontramos unas rocas y allí nos fuimos a buscar almejas o choritos o cualquier otro bichito marino.
Se hicieron como las tres de la tarde sin darnos cuenta.
Mamá había traído las milanesas que se convirtieron en sándwiches. La mayonesa y la conserva de tomate casera y alguna bebida.
Estábamos en eso, cuando en la desolada playa aparece un organillero. Era un caballero, entrado en años, con ropa sencilla, un sombrero de paja y pantalones de colores que arrastraba en un carrito una especie de organito, con una cotorra dentro de una jaula.
El mar con sus frutos marinos, para nosotros, pasó en segundo lugar.
Nos acercamos. Nos dijo que si queríamos conocer nuestra suerte. Una especie de adivino del futuro, pensamos. Pero no era él el de la bola mágica, era la cotorra.
Nos miramos divertidos y bueno probemos, nos dijimos en silencio, con nuestras miradas.
Se acercaron papá y mamá.
Le preguntamos, ¿cómo hacemos? Uno por uno fue la respuesta.
Sonaba la música y la cotorra iba sacando de unas pequeñas celdas un papelito con una frase escrita.
Comenzó mi hermana Alejandra. Su papelito decía tendrás una larga vida llena de aventuras.
Siguió mi hermano. El suyo, decía: tendrás una vida dedicada a los demás y mucha relación con lo religioso.
Papá y mamá, miraron a Sergio, mi hermano menor.
Mamá dijo: ¡no me digas que te harás cura!
Todos reímos. Mi hermano con sus 8 años no entendía nada.
Papá, en cambio, muy serio, añadió: ¡Sí, hasta Papa no paramos!
Mi papelito pasó desapercibido porque de ahí en más nuestras vacaciones estuvieron marcadas por el futuro papa.
La historia continuará…
Mónica Reina
Comentarios
Publicar un comentario