Donde unos niños y un árbol encuentran el heroísmo. (O Un Amigo Nuevo)
Cuando el segundo sol caía, veíamos a las luciérnagas posarse y buscar pareja entre sus ramas, a los sapos y los pájaros nocturnos cazar con voracidad, y nos parecía como si la espalda del cielo nocturno hubiera caído en la tierra, o quizás como otro cielo naciendo del suelo.
Los viejos advirtieron que era peligroso cazar pajaritos ahí, pero la juventud es para desobedecer, y el hambre nos robaba la prudencia.
No es lo mismo el viejo de uno, que hay que respetar pero hacer renegar, al viejo desconocido que solo tiene historias de miedo y no te guarda ningún amor. Asique todos los niños concluimos que si queríamos robarle los pájaros al árbol debíamos pedírselo primero.
Nadie era tan temerario para pedírselo por sí mismo, de modo que todos hicimos un círculo alrededor de su tronco, agarrados de las manos, y con voz temblorosa nos forzamos unos a otros a empezar.
-Ah... yo... Yo, señor árbol... Permítanos cazar acá, por favor...- Nada. Silencio con gusto a madera, y una niebla de chispas naranja que se movían al son de los anfíbios.
-Mi mamá está embarazada, y papá está reparando la tienda de historias! Va a tardar mucho, y no tenemos tanta gente para cazar!-.
-Si, señor árbol: mi hermanita está muy débil, y no hay ninguna madre con leche! Con un poco de sangre nos va a ayudar mucho!- Interrumpió Yoba, que era quizás el que más desesperado estaba.
Yo estaba contento de que me relevaran, pero sabía que él tenía mucho miedo, y no me hacía gracia hacerlo revivir ese dolor.
-Señor árbol, por favor, si consigo una fruta o un gusano mi mamá me reta! Ellos no nos reciben nada hasta que estemos llenos nosotros. Papá dice: "un cazador débil no puede cazar, y luego él y toda su familia pasan hambre", pero papá se quebró la pierna, y no ha cazado en muchos días!- le contó Oguda, entre el silencio lleno de lágrimas contenidas que teníamos todos.
Antes de que Rogo, que ya estaba moqueando, pudiera hablar de cómo estaban a punto de sacrificar a su perro para alimentar a los heridos, el árbol nos dio su señal. Primero un viento como un suspiro entre lágrimas nos meció, y nos pareció que las ramas bajaban como si todos nosotros, niños de la tribu, fuéramos abrazados por el jefe al que nos tiramos a rogarle aferrados a sus rodillas.
Pero lo siguiente que pasó fue que las ramas del árbol se soltaron, desprendiéndose de mucha fruta. Esta era picuda y dura como un alcaucil, y perturbó los nidos de las ramas y a las aves, que huyeron.
Las ramas, sin embargo, pisaron a muchas criaturitas que se arrastraban o saltaban alrededor, dándonos carne, huevos, fruta, y lo más grande, que era la bendición de un amigo nuevo.
Mariano Romero
Comentarios
Publicar un comentario