El Colimba

 Un veinticinco de mayo de 1955. Fecha patria, en la avenida, nueve de julio miraba la parada militar. El tradicional desfile de nuestra fuerzas armadas. Encabezando el mismo y al son de la marcha san Lorenzo que los identifica, iban los granaderos a caballo de San Martin Seguidos por la infantería del ejércitoLos bombos y trompetas acompañaban con su ritmo vigoroso a los pelotones disciplinados que pasaban orgullosos. La banda ejecutaba la Avenida de las camelias. Con mis hermanos movíamos los brazos, intentando copiar los movimientos de los militares

“Un día yo también voy a ser soldado”, pensé.

A los dieciocho años, mi padre me miró fijamente diciéndome- Hijo, tenés que enrolarte en el Registro Civil, necesitas un documento. La autoridad te va a pedir que te identifiques en la calle. Ya sos un hombre. Así obtuve la libreta que llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón, como distintivo de que era una persona mayor.

 Un día de diciembre del 64 leí en el diario Democracia el sorteo de la clase 1945 para cumplir con la patria. Ese día, la barra, se reunía en la esquina, con el diario en la mano, la pregunta ¿qué te toco? La revisación médica, una condición que te marcaba para siempre en la vida, si estabas en condiciones física, cuando volví a mi casa encontré a mis padres sentados a la mesa, en el extremo mi padre, a su lado mi madre con su delantal, terminando de comer. Me miran en simultáneo. Les muestro el papel: apto para todo servicio. Él afirma con la cabeza, cierra losojos, y me llega su pensamiento: mi hijo va a ser soldado. Con orgullo les contará a los amigos del bar.

Mi madre, en cambio, deja la comida en la mesa y se va al patio a regar las plantas. A Carlitos, un amigo de la infancia un año mayor que yo, le había tocado como destino Zapala. Y mi madre se enteraba por su vecina, lo que él le contaba en sus cartas sobre el frio de la nieve, la dura vida en el cuartel, Mi amigo, al que siempre le tocaba el arco, el que cuando pelábamos con la barra de la otra cuadra no participaba, el protegido de la pandilla. El que vivía en el único chalet de la cuadra…

 Mi vieja estaba angustiada. En esos años la democracia se cortaba por un golpe militar y los soldados eran instrumentos de un general que deseaba pasar a la historia como el salvador de la república. Los Beatles sonaban fuerte. Época de pelo largo. La serie Combate en la tv blanco y negro. En las reuniones de la esquina, se comentaba el ultimo capitulo.

Tenía la oportunidad de participar en el interminable desfile, que tanto disfruté en mi infanciaacompañado de una marcha militar, sintiendo el fuerte golpe en el piso de los tacos. Me convertiría, en un soldado más dentro de los pelotones que tan solemnes pasaban.

Como lo soñé en mi infancia”, pensé.

Una mañana el cartero llamó, traía la notificación que detallaba el lugar, la fecha y la hora de presentación. La recibió mi madre. A la tarde me la entregó toda arrugada. La noche previa, el sueño no llegaba. Mi padre antes de partir al trabajo, se acercó a mi cama. Depositó su mano sobre mi cabeza, sin pronunciar palabra. La palma traía el mensaje, Cuídate pibe y regresa. Tu madre te espera. Permanecí inmóvil, mi padre era de los duros, no quería verlo con los ojos colorados. En la mesa de luz la cédula de notificación junto con la libreta de enrolamiento que debía entregar al ingresar.

 Con la salida del sol la vieja, el mate, y una fuente con torta frita. Y yo, con mi único   jean, la remera, un par de alpargatas y el pelo de varios meses sin cortar, como un signo de rebeldía. En el umbral me despedí de mi madre. Un abrazo sin palabras, los que más duelen  Al llegar a la esquina me di vuelta, no le vi el rostro, estaba cubierto con el delantal. Y tuve la certeza que más tarde con  la bolsa de los mandados y en todos los negocios del barrio relataría_ Mi hijo, se fue a la conscripción. Cuando vuelva con el uniforme marrón terroso, las chicas del barrio saldrán a la vereda.

En la radio del almacén se escuchaba un extraño de pelo largo, sin preocupación va. Por la vereda se alejaba, el muchacho duro que la última vez que, lloro, fue por un golpe dado con un cinto por su padre, a los doce años, por culpa de un pelotazo y la rotura del vidrio de la puerta de una vecina.

 Al llegar al cuartel, centenares de jóvenes en un amplio playón, y los camiones que esperaban para transportarnos a los diferentes destinos. El mío fue Campo de Mayo.  Comenzaron las órdenes, que se transmitían con gritos. Al medio día en dos ollas un guiso, que en otra circunstancia no lo hubiera comido, que consumimos, espalda con espalda, sentados en la tierra en un plato de chapa. Mi pelo y mi ego se fueron desparramando por el piso.

Llegó la noche, y en un galpón con camas superpuestas, ciento veinte en total, tronó una orden enérgica: acostarse y silencio. Los comentarios continuaron y otra vez el pedido de silencio, pero, más enérgico.  Después lo único que se escucharon fueron algunos murmullos y los llantos anudados en la garganta.

El sueño me dominaba. Giré la almohada, estaba húmeda.

Ignacio Elmiro Alvarez

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