En la Corte de la Noche.

En el centro del jardín, en la cúspide de un árbol altísimo hecho torre, una esfera gira: de un lado es un sol, del otro una luna, y se apoya en el pináculo como un trompo sobre una aguja; siempre al borde de la caída.
El jardín, sin embargo, no tiene brisas naturales: las brisas son cultivadas como el follaje, y son igualmente dramáticas. Nunca le darán frío a dos amantes que se encuentran en secreto, pero están entrenadas para enredarse en las capas, jugar con los rizos, desalojar suspiros, y mecer tanto hojas como cunas.

Las flores y los arbustos también pueblan los caminos gemelos que rodean la torre, entregándoles souvenirs de perfume ilusorio a cualquier transeúnte que los transite. Los árboles dibujan con la sombra de sus ramas, y los pajaritos, como los maestros espías que son, ponen huevos llenos de secretos en vez de pichones en los nidos.

Dentro de la torre, un Ejército de sirvientes duerme y riega el patio con fantasías, poda al prójimo como sonámbulos, y en general solo se levantan de su sopor para atender a su señora. 
La Duquesa de la Noche ni siquiera es una grande en la corte de las hadas, pero aunque humilde, toma mucho placer en su jardín. Dentro de su torre, las raíces de la estructura le permiten extender su voluntad tan lejos como quiere, y eso significa que desde el momento en que entran en los límites del jardín, todos sus visitantes son marionetas de la Duquesa, lo quieran... o no.


Mariano Romero

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